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viernes, 2 de agosto de 2013

En el documental La historia de las cosas (2007) la investigadora Annie Leonard critica a la sociedad de consumo y explica que los productos están diseñados para ser desechados y reemplazados rápidamente. 

Como para contradecirla, en 1990, durante la Guerra del Golfo, un soldado estadounidense llevó su Game Boy a Kuwait. Un día, su carpa fue bombardeada y entre los restos el soldado encontró su jueguito calcinado. Sorprendentemente, todavía funcionaba y hoy está exhibido en el Nintendo World Store de Nueva York. La resistencia de aparatos como este, muchas veces descartados y guardados como un recuerdo de infancia, permitió que a fines de los noventa algunos músicos empezaran a experimentar con ellos. Así resurgió una escena que se remonta a los años ochenta: el chiptune o música 8-bit.


En Argentina son pocos los que se atreven a mezclar Game Boys y Commodores 64 con sintetizadores y fusionar el sonido chirriante y áspero típico de los videojuegos con cumbia y electrónica. Pavlo, de Coleco Music, empezó, como muchos, a tocar cuando era adolescente. Al principio se inclinó por el synth pop ochentoso, pero un día, investigando en un foro de electrónica, se cruzó con alguien que le mostró el chiptune. “Por una cuestión generacional me crié jugando videojuegos con este tipo de música. Mis amigos me decían que lo que hacía tenía alguna sonoridad que remitía mucho a eso. Empecé a investigar y fui dejando de lado el pop cancionero para dedicarme a producir chiptune. Hoy hago música con tecnología en desuso”, cuenta.

Ignacio y Luciano Brasolin, el dúo de hermanos mendocinos que confor-man Super Guachin, empezaron a experimentar con viejas consolas un poco de casualidad y no se sienten dentro del género local. “Nunca estuvimos en la escena, más que nada porque para los puristas no hacemos chiptune, ya que metemos otros instrumentos además de los Game Boys, que siempre fueron vías para reflejar nuestras composiciones. Estamos en el medio”, explica Ignacio. Luciano agrega: “Hacer música con algo que de chico te daba otra sensación no musical, y llevarlo a algo más contemporáneo en tu vida, es algo que a mí me llamó muchísimo la atención”. 

Ambas bandas destacan la portabilidad como una gran ventaja: mucho antes de que aparecieran las aplicaciones musicales para smartphones, cualquiera podía componer en el colectivo con su Game Boy. También coinciden en que la limitación técnica de tener sólo cuatro botones para trabajar expande la creatividad. Para Pavlo, incluso es más divertido: “Como dice Brian Eno: ‘Menos es más’. Hay que ingeniárselas con esa limitación sonora para hacer algo copado. Hay un elemento casi político que es no dejarse acaparar por los cambios del mercado. Es un poco tratar de hackear la lógica de ir detrás de la tecnología”. 

El sonido anticuado del 8-bit mezclado con cumbia le dio a Super Guachin la oportunidad de tocar en festivales en Berlín y San Pablo y abrir en Buenos Aires para Skrillex y Bassnectar. “Tocamos en lugares muy variados, eso es lo bueno que tiene no encajar en algo específico – asegura Ignacio Brasolin- Si bien estamos en la escena Zizek (pertenecen al sello ZZK), el sonido es más experimental”. En cambio, Coleco Music se abrió camino de forma independiente. “Hace dos años armamos el colectivo BlipBlop junto a otros artistas con la intención de hacer un sello. El circuito lo creamos nosotros. En 2007 hicimos el primer ciclo de música 8-bit en Casa Brandon. Ahora armamos fiestas cada dos meses en las que cada uno tiene su set. Es muy variado, del electro a la cumbia o algo más punk. En Latinoamérica hay que buscar por el lado de los géneros autóctonos, el folklore, la cumbia. En las fiestas la gente la re rockea, es impresionante”, asegura Pavlo.

Siete años antes de morir, Malcom McLaren, ex manager de los Sex Pistols, redactó un manifiesto donde eligió al chiptune como heredero espiritual del punk por su música alternativa, simple y contracultural. “A las personas que no están tan relacionadas con los aparatos les llama la atención cómo los manipulamos, pero no tanto el sonido, porque, quieras o no, las generaciones que nos ven han sido influidas de una forma u otra por los videojuegos”, reflexiona Ignacio, que con Super Guachin editó en 2011 Piratas y fichines y planea nuevo material para este año. Pavlo, que además de Confessions in the chatroom (2006, editado por el sello internacional 8bitpeople) está trabajando en su próximo álbum, concluye: “Hace siete años la gente te miraba y no entendía, pero hoy es como que tienen las enzimas para metabolizarlo, lo cual no quiere decir que les guste”.

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